Tal como recita la novela de Dostoievski, se habla de crimen y castigo, dos conceptos que van de la mano, unidos como causa y efecto. El delito en sí esta asociado a una condena establecida, que si bien puede variar según las características particulares del acto ilícito, se conoce de antemano. De esta forma, se utiliza un criterio uniforme a la hora de determinar la pena de un individuo. Y esto corre tanto para Juan el carnicero como para Jaime el ministro, lo que le da un carácter universal a la pena. Vale decir, la condena no discrimina entre uno y otro. Y parece tener la lógica del igualitarismo, en el que las personas son tratadas de igual forma sin importar su procedencia u nombre. En el presente ensayo, se pretende dar líneas acerca del porqué en algunos casos, desde un punto de vista moral, esta igualdad a la hora de condenar puede ser cuestionable, o a veces incluso hasta injusta.
La culpa de un determinado individuo que delinque tiene que ver con el grado de responsabilidad que se le imputa. La ley, a través del sistema judicial, determina este grado de responsabilidad y emite un fallo. Pero da la sensación que en el análisis del grado de responsabilidad del individuo en un acto ilícito, se dejan de lado factores que pueden ser determinantes de su accionar.
Cada ser humano esta constituido por una mezcla entre su parte biológica y su historia. Al nacer, el individuo que ya acarrea ciertas características va desarrollando su vida siendo influenciado por su entorno y sus posibilidades.
La parte biológica dice tener razón con aquellos componentes genéticos que puedan significar una propensión a actuar de determinada manera. De ésta forma, hay quienes biológicamente están más expuestos a problemas de alcohol o pedofilia, lo que a la postre significa que cada individuo nace con ciertas características genéticas que nos pueden llevar a explicar su comportamiento. Si bien, estas consideraciones están siendo recientemente utilizadas en la arena de la formulación de políticas públicas efectivas, a la hora de determinar sentencia aún no son un factor de relevancia.
Por otra parte, la historia del individuo es un factor esencial en el desarrollo de este y su posterior probabilidad de cometer un delito. Quiero decir con esto, que una persona cuya infancia estuvo marcada por una violación por parte de su padre, el cual a la vez maltrataba a su esposa, tiene inevitablemente una mayor probabilidad de cometer un delito como los de su precesor. Si a la vez se le suma un ambiente de alto riesgo social, sin oportunidades de educación ni rehabilitación, estaremos ante la presencia de un individuo que difícilmente podrá salir de su condición de riesgo social.
Llaman la atención algunos casos emblemáticos como el del Chacal de Nahueltoro, quien en la década de los ´60 fue acusado y condenado a pena de muerte por el asesinato de su mujer y sus cinco hijos. El Chacal nació y creció en una zona rural alejado de la educación siendo víctima constante de una sociedad que lo despreciaba por su indigencia e ignorancia. Un día al llegar a su hogar, dio cuenta de que su mujer no había realizado un trámite legal que tenía pendiente sobre su viudez y presa de un ataque de cólera la asesinó junto a su familia. En los tres años que demoró en hacerse efectiva su condena, el Chacal aprendió a leer y escribir, se le abrió un nuevo mundo, muy ajeno al que estaba acostumbrado. En su carta de despedida, agradecía al alcalde y sus colaboradores, a los funcionarios de la cárcel y sus compañeros de celda, pues en toda su vida nunca nadie había demostrado un grado de afecto como en aquella penosa situación. Por primera vez en su vida experimentaba el cariño de la sociedad.
Historias como esta me llevan a plantear las siguientes preguntas: ¿Cuál es el grado efectivo de responsabilidad que tenía este individuo al momento de cometer su delito, en consideración de su biología, historia y contexto? ¿Es igualmente responsable del delito un individuo como el Chacal que otro cuyo mismo delito hubiese sido cometido desde otro contexto más favorable (mayor educación, más protección social, mejor entorno familiar, etc)? A continuación procederé a intentar responder las interrogantes planteadas.
Con respecto a la primera de ellas, me parece que los individuos ostentan una responsabilidad ineludible a la hora de delinquir. Mal que mal, cualquier persona con entendimiento de la situación caerá en cuenta de su delito y lo distinguirá como un acto incorrecto. La salvedad son aquellos casos en que se demuestra que el imputado no estaba en estado de consciencia al cometer el delito o simplemente posee deficiencias psiquiátricas que le impiden distinguir entre el “bien” y el “mal”. Sin embargo, difícilmente podemos evitar realizar una conexión entre las características de su entorno y su acto delictivo final. ¿Habría cometido delito el Chacal si hubiese recibido una educación adecuada? ¿Hubiese matado a aquella mujer y sus hijos si hubiese tenido la “suerte” de haber nacido en la ciudad? Quizás, con un rostro más amigable y oportunidades de asistir al colegio y universidad, se hubiese transformado en un matemático de excelencia. Si bien poco valor tiene presumir posible otras realidades, es difícil evitar este tipo de pensamientos.
Con respecto a la segunda pregunta planteada, pienso que en ambos casos los individuos tienen una parte de la responsabilidad claramente establecida. Al fin y al cabo, en ambas situaciones se cometió el mismo delito con el mismo resultado funesto para la sociedad. En términos judiciales, salvo por diferencias en sus abogados, se debería llegar a una condena similar. ¿Pero son tan efectivas dichas similitudes? A mi juicio existe una gran diferencia entre un caso y otro. Por un lado, un individuo con todo el riesgo social imaginable cometiendo un delito; por el otro un individuo formado de manera socialmente deseable cometiendo el mismo delito. Esto me hace pensar que el segundo es más responsable que el primero puesto que su nivel de consciencia y su capacidad de distinguir entre el bien y el mal es mucho mayor. Pero esto es un juicio de valor y no puede constituirse en un fundamento esencial. Lo que no es un juicio es que la realidad del primero es muy distinta a la del segundo. Mientras a uno lo violentaban cuando pequeño, al otro lo amamantaban; mientras uno se educaba, el otro comenzaba a cometer sus primeros delitos. Las diferencias son evidentes pero sus condenas no.
Uno de los factores que me determinó a escoger este tema para desarrollar el presente ensayo fue la empatía que me generó un joven que me asaltó en la calle hace unas semanas. En primera instancia, mi frustración se manifestó a través de rabia e impotencia por la experiencia vivida. Mal que mal, el tipo que me increpó era el mismo que hace más de diez años se para en una esquina cerca de mi hogar a lavar los vidrios de los automóviles que pasan. De esta forma, puedo decir que crecí junto a él, sin él y él sin mí. Fui espectador de su vida, desde que era pequeñito igual que yo, en el aquél entonces en que lo veía llorar a menudo mientras pasaba en mi vehículo, junto a mi madre hacia mi hogar. Recuerdo que un día lo llevamos, y secándose sus lágrimas nos explicó que no había juntado el dinero necesario para satisfacer las demandas de su abuela, quien a su vez lo hospedaba dado el abandono de sus padres.
Superada mi reacción inicial, comencé a reflexionar acerca de la vida que le tocó vivir. Y si bien soy un convencido de que cada cual forja su destino, esto pareciera no tener mucho valor en casos como los de este muchacho. Más bien, solo pareciese tener valor en situaciones como la mía, en la que la mayor parte de las cosas se me fue dada. Caí en cuenta de mi fortuna, o en otros términos más económicos, de mi situación inicial; al mismo tiempo que caía en cuenta de la suya, de su condición inicial, tan distinta por lo demás.
La reflexión inmediata que se me vino fue la de volver a preguntarme que tan responsable es ese individuo del delito que cometió para conmigo. Que tanto de su responsabilidad en el acto delictual es explicado por su entorno, su escasa educación, su falta de cariño materno y paterno, su aparentemente insorteable destino de trabajar para juntar el monto necesario, de delinquir si éste no es suficiente. Y luego pienso que no es comparable que yol e robe a él a que él me robe a mí. Tampoco es comparable que el Chacal mate a esa gente, a que el delito lo cometa un individuo acomodado.
¿Es finalmente justa la condena entonces? ¿No se estará cometiendo un error moral con aquellos delincuentes más desfavorecidos económica y socialmente hablando? La verdad es que no lo sé, al menos pienso que se debería tener mayor cautela a la hora de determinar las responsabilidades efectivas de cada caso. Yo no he delinquido como ellos y pienso que lo más probable es que nunca vaya a delinquir, aunque de haber nacido en el lugar de los mencionados, en sus mismas situaciones iniciales, seguramente en vez de ensayos estaría escribiendo mi historia delictiva.
Con respecto a la primera de ellas, me parece que los individuos ostentan una responsabilidad ineludible a la hora de delinquir. Mal que mal, cualquier persona con entendimiento de la situación caerá en cuenta de su delito y lo distinguirá como un acto incorrecto. La salvedad son aquellos casos en que se demuestra que el imputado no estaba en estado de consciencia al cometer el delito o simplemente posee deficiencias psiquiátricas que le impiden distinguir entre el “bien” y el “mal”. Sin embargo, difícilmente podemos evitar realizar una conexión entre las características de su entorno y su acto delictivo final. ¿Habría cometido delito el Chacal si hubiese recibido una educación adecuada? ¿Hubiese matado a aquella mujer y sus hijos si hubiese tenido la “suerte” de haber nacido en la ciudad? Quizás, con un rostro más amigable y oportunidades de asistir al colegio y universidad, se hubiese transformado en un matemático de excelencia. Si bien poco valor tiene presumir posible otras realidades, es difícil evitar este tipo de pensamientos.
Con respecto a la segunda pregunta planteada, pienso que en ambos casos los individuos tienen una parte de la responsabilidad claramente establecida. Al fin y al cabo, en ambas situaciones se cometió el mismo delito con el mismo resultado funesto para la sociedad. En términos judiciales, salvo por diferencias en sus abogados, se debería llegar a una condena similar. ¿Pero son tan efectivas dichas similitudes? A mi juicio existe una gran diferencia entre un caso y otro. Por un lado, un individuo con todo el riesgo social imaginable cometiendo un delito; por el otro un individuo formado de manera socialmente deseable cometiendo el mismo delito. Esto me hace pensar que el segundo es más responsable que el primero puesto que su nivel de consciencia y su capacidad de distinguir entre el bien y el mal es mucho mayor. Pero esto es un juicio de valor y no puede constituirse en un fundamento esencial. Lo que no es un juicio es que la realidad del primero es muy distinta a la del segundo. Mientras a uno lo violentaban cuando pequeño, al otro lo amamantaban; mientras uno se educaba, el otro comenzaba a cometer sus primeros delitos. Las diferencias son evidentes pero sus condenas no.
Uno de los factores que me determinó a escoger este tema para desarrollar el presente ensayo fue la empatía que me generó un joven que me asaltó en la calle hace unas semanas. En primera instancia, mi frustración se manifestó a través de rabia e impotencia por la experiencia vivida. Mal que mal, el tipo que me increpó era el mismo que hace más de diez años se para en una esquina cerca de mi hogar a lavar los vidrios de los automóviles que pasan. De esta forma, puedo decir que crecí junto a él, sin él y él sin mí. Fui espectador de su vida, desde que era pequeñito igual que yo, en el aquél entonces en que lo veía llorar a menudo mientras pasaba en mi vehículo, junto a mi madre hacia mi hogar. Recuerdo que un día lo llevamos, y secándose sus lágrimas nos explicó que no había juntado el dinero necesario para satisfacer las demandas de su abuela, quien a su vez lo hospedaba dado el abandono de sus padres.
Superada mi reacción inicial, comencé a reflexionar acerca de la vida que le tocó vivir. Y si bien soy un convencido de que cada cual forja su destino, esto pareciera no tener mucho valor en casos como los de este muchacho. Más bien, solo pareciese tener valor en situaciones como la mía, en la que la mayor parte de las cosas se me fue dada. Caí en cuenta de mi fortuna, o en otros términos más económicos, de mi situación inicial; al mismo tiempo que caía en cuenta de la suya, de su condición inicial, tan distinta por lo demás.
La reflexión inmediata que se me vino fue la de volver a preguntarme que tan responsable es ese individuo del delito que cometió para conmigo. Que tanto de su responsabilidad en el acto delictual es explicado por su entorno, su escasa educación, su falta de cariño materno y paterno, su aparentemente insorteable destino de trabajar para juntar el monto necesario, de delinquir si éste no es suficiente. Y luego pienso que no es comparable que yol e robe a él a que él me robe a mí. Tampoco es comparable que el Chacal mate a esa gente, a que el delito lo cometa un individuo acomodado.
¿Es finalmente justa la condena entonces? ¿No se estará cometiendo un error moral con aquellos delincuentes más desfavorecidos económica y socialmente hablando? La verdad es que no lo sé, al menos pienso que se debería tener mayor cautela a la hora de determinar las responsabilidades efectivas de cada caso. Yo no he delinquido como ellos y pienso que lo más probable es que nunca vaya a delinquir, aunque de haber nacido en el lugar de los mencionados, en sus mismas situaciones iniciales, seguramente en vez de ensayos estaría escribiendo mi historia delictiva.
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